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El ambientalismo frente a la ignorancia ilustrada de la modernidad y la vivencia de las sociedades tradicionales o la reinterpretación del pensamiento mecanicista a la luz de los saberes milenarios.

Reflexiones en torno a la epistemología ambiental del Doctor Enrique Leff Zemmerman.

El concepto de ambientalismo desarrollado por Enrique Leff supone el cuestionamiento de los sistemas de producción y consumo dominantes bajo la consideración de que trastocan el equilibrio de la relación del hombre con su medio ambiente generando a gran escala un agotamiento de los recursos bióticos que en un futuro no muy lejano pondría en riesgo la supervivencia de nuestra especie y en un momento más próximo generaría un colapso económico que haría necesario cambiar bruscamente de modelos productivos y estilos de vida, generando graves estragos sociales, sin que esta crisis contenga finalmente la posibilidad de un remedio, si es que no se actúa con oportunidad. No agotándose en lo anterior, el ambientalismo supone el reconocimiento de la diversidad y el respeto del hombre para con el hombre dentro de una conciencia de límites, configurada por el entorno que le rodea.

Para el desarrollo y comprensión de esta problemática resulta necesaria una aproximación a la teoría de la entropía, conocida mejor como “la ley límite de la naturaleza”. Esta discusión conlleva a su vez el acercamiento a una reflexión filosófica más profunda sobre el destino del ser humano en la Tierra y sobre el deber ser de la acción humana. Por la complejidad y extensión de este tema, me limitaré en este ejercicio a referir brevemente algunas de sus líneas de reflexión más significativas.

Una vez conformada esta concepción de ambientalismo, explicaremos cómo se relaciona con eso que referimos como “ignorancia ilustrada de la modernidad desarrollista” y con lo que hemos denominado “vivencia de las sociedades tradicionales”. En la tesis fundamental del “ambientalismo” que propone Enrique Leff se aprecian dos aspectos: La vida humana sometida a los límites de la naturaleza y el respeto del hombre por el hombre.

En su propuesta se tensan los siguientes argumentos: los estilos de vida, producción y consumo de satisfactores de las sociedades desarrollistas (países modernos, industriales y posindustriales) no sólo trastocan los límites de la naturaleza en cuanto a su capacidad generativa de recursos bióticos, sino que además impulsan y promueven vigorosamente dichos estilos de vida contraviniendo flagrantemente los postulados de la ley de la entropía, que desde hace muchos años apunta hacia la necesidad de mayor balance y moderación en el aprovechamiento y explotación de la naturaleza.

También reflexiona sobre el alcance y significado de este imperialismo cultural del modelo civilizatorio llamado “de occidente” que motivado sobre todo por el afán de dominación de los recursos naturales exporta su estilo de vida a las sociedades y naciones que desde una forma de vida no desarrollista y no beligerante se relacionan con más respeto con su medio ambiente y son moderados en el aprovechamiento de la bioriqueza de las regiones que habitan.

De acuerdo con estos planteamientos, esta confrontación se traduce hoy en la pretendida integración a la modernidad de las culturas y los pueblos indígenas, afrodescendientes, autóctonos y en algún modo predominantemente “tradicionales” al mismo tiempo que en el reclamo de éstos, de mayor autonomía y capacidad de autogestión sobre los recursos naturales de sus territorios.

Conjugando los argumentos hasta ahora expuestos, el Doctor Leff llega al planteamiento de que la defensa de las culturas indígenas y la reivindicación de sus derechos territoriales  es complementaria de la necesidad de reformar la cultura económica dominante sobre las bases de una mayor moderación y un mejor aprovechamiento de los recursos naturales, que la ley de la entropía nos refiere como requisito para prevenir una crisis catastrófica.

Durante el desarrollo de estas reflexiones, Leff establece extensos intercambios y discusiones sobre muchas de las premisas, condicionantes y argumentaciones laterales que componen el planteamiento antes referido. A continuación procederemos a revisar sólo algunos de estos intercambios, señalando de antemano que por su complejidad y profundidad, estas reflexiones constituyen un material intelectual susceptible de ser razonado y analizado  con mayor extensión de lo que aquí brevemente alcancemos a referir, pero que de acuerdo con los objetivos de nuestro ejercicio se sumariza a continuación en un forzado ejercicio de síntesis, suficiente apenas para introducir esta problemática al análisis de la situación latinoamericana y de los debates políticos actuales.

Una de las primeras inquietudes que se abordan, antes aún de discutir los alcances de los postulados de la entropía, es respecto al carácter ambientalista del saber de los pueblos indígenas que para los propósitos de este trabajo se refiere como saber “tradicional” (de acuerdo a su etimología en el sentido de transmisión “diccional”; es decir aquellos conocimientos que por su carácter “especial” se transmiten inter-generacionalmente mediante un aprendizaje memorístico oral independientemente de su registro escrito); se propone esta semántica por considerar que representa mejor el significado de ser “indígena” (piénsese, aborigen o autóctono también) en contraste con la de noción de “indígena” que para el pensamiento occidental conlleva una significación desvalorativa o subvalorativa asociada con la idea de rezago o estancamiento.

La problemática que nos ocupa, vino a ser formulada mediante las interrogantes siguientes: ¿Cómo nos sería posible distinguir si el reclamo de una determinada sociedad “tradicional” por una mayor autonomía sobre un patrimonio natural determinado no es motivado más bien por un interés económico antes que por un genuino anhelo de preservación ambiental sustentado en un saber tradicional por el cual se legitime su demanda de autogestión?

Enseguida: ¿Cuáles son los elementos que refieren la existencia de “ambientalismo” en las sociedades tradicionales? Y ¿No acaso atendiendo a los postulados del pensamiento “tradicional” se reconoce a la Naturaleza como una entidad inteligente que opera inevitablemente como árbitro de las relaciones de poder entre los hombres? En consecuencia y bajo este entendido ¿no estaríamos llamados a reconocer que para estas mismas sociedades tradicionales la naturaleza ha convalidado ya la hegemonía del pensamiento y la acción cientificista y mecánica de las sociedades modernizantes por sobre la apenas sofocada supervivencia de las referidas sociedades tradicionales que practican modos de vida supuestamente más respetuosos de la naturaleza? Y ¿Acaso la misma naturaleza inteligente que de acuerdo con la visión “tradicional” confiere y restringe los distintos dominios terrenales no habrá de balancear su aparente desequilibrio en el momento más oportuno?

El ejercicio de formular e intentar responder estas interrogantes conlleva la necesidad de explorar la dimensión filosófica y metafísica que subyace en la cimentación de cualquier pensamiento ambiental. Un sólo ensayo no sería suficiente para agotar estas cuestiones. Cuando mucho para aproximarse, como aquí se intenta. Pero en atención a las primeras dos cuestiones, más plausibles de atender, diremos algo que tangencialmente remite a las últimas dos y que por tanto nos será de gran utilidad para continuar nuestra reflexión hacia los siguientes argumentos.

Según las investigaciones del Doctor Leff, efectivamente en la mayoría de las sociedades tradicionales pervive generalizadamente una visión holística de la realidad, producto de una cosmovisión donde la naturaleza posee, como ya referimos, un carácter inteligente, pero además generoso, que merece respeto y tributo, y por lo cual la interacción del ser humano con los recursos naturales es vista como una relación sagrada y por ello es frecuentemente ritualizada en formas culturales y civilizatorias que han sido transmitidas aún oralmente de generación en generación, en no pocos casos por cientos o incluso miles de años.

Continuando con nuestras interrogantes, Leff subraya que las herramientas de las ciencias sociales contemporáneas permiten conformar ese visor metodológico necesario para apreciar la fuerza y vigencia que este pensamiento tradicional “ambiental” ejerce en las distintas y determinadas comunidades que se desee observar. También ha resultado producto de diferentes investigaciones que las influencias del pensamiento moderno han incidido en estas comunidades dando como producto nuevas formas de relación con los recursos naturales, podría decirse, a la vez “sagradas” y “modernas” que, por demás, vienen a resultar un objeto de estudio muy valioso para la futura conformación de una cultura económica alternativa; más compatible con los equilibrios de nuestra biosfera y con los postulados de ley de la entropía.

El otro eje de discusión sobre el  pensar y hacer ambiental, como lo propone Leff, tiene como rostro el de la ley límite de la naturaleza: la entropía. Sobre esto, cabe referir que desde hace más de dos siglos se comenzó una discusión en el campo de las ciencias físicas acerca de la duración y renovabilidad de los recursos energéticos planetarios de los que hasta hoy se ha valido el hombre para echar a andar un modelo de economía desarrollista que permite la acumulación desproporcionada de recursos en detrimento de la degradación planetaria y en aras de extender una forma de dominación más novedosa y sofisticada, que se sostiene mediante la economía de mercado irrestricto.

Desde entonces se ha esclarecido, cada vez más con más fuerza, que  los equilibrios biosféricos que hacen posible la vida humana en el planeta dependen de sutiles relaciones entre los ecosistemas que lo conforman, que el hombre puede fácilmente alterar, tanto con los proceso de combustión a través de los cuales obtiene energía para apoderarse de la naturaleza así como con el abuso de toda clase de materias primas y elementos vivos.

sharingthewealthMás aún, los ritmos actuales de explotación, la difusión del modelo de vida dominante y los crecientes intereses económicos que se entretejen a la aparente resistencia y rentabilidad de la sobreexplotación planetaria dificultan detener este proceso y prevenir ese colapso ecosistémico derivado del rompimiento, generado por el hombre, de los equilibrios biosféricos milenarios.

Ante esta tragedia en curso, resulta evidente que el estímulo al consumo viene a ser el primordial mecanismo promotor del proceso acumulatorio y que en la lógica de la modernidad individualista, la acumulación es un asunto fundamental de sobrevivencia, tanto como para la perspectiva, hasta hoy serena y paciente de los que sostienen formas de pensamiento tradicional, lo es la no degradación de los recursos habidos y el respeto por las formas tradicionales de procurarse sustento.

Pero tal vez lo más alarmante sea la aparente “inmutabilidad” por parte de las fracciones de pensamiento tradicional de toda la sociedad humana, que no siendo en realidad tal, así se vislumbra ante su incapacidad para unificar esfuerzos y organizar hasta hoy acciones y contenciones más efectivas y ante el hecho de que sus reclamos se presentan principalmente por vías informales que imposibilitan su cuantificación y diagnóstico preciso.

ecología trascendentalAnte esto parecería que las facciones tradicionales de la sociedad humana aún no resuelven en su interior la paradoja de si acudir o no en defensa de esta natura inteligente; de si ésta llama o requiere a los hombres para el propósito de actuar concientemente como agentes de su propio “re-balance”. Siendo así resulta interesante notar que es esta tendencia al “movilismo inspiracional” lo que precisamente distingue al pensamiento tradicional del pulsante y pujante pensamiento moderno, que se activa al margen de cualquier trascendentalismo movido más bien por impulsos egóticos individuales. Con esto, la reflexión nos llevaría inevitablemente a la más añeja y profunda discusión de la humanidad pensante, que la modernidad parece ya haber resuelto en sólo un sentido, ignorando la posibilidad de cualquier síntesis de solución distinta. Esta discusión estaría contenida en las interrogantes: ¿El hombre mueve al destino o el destino mueve al hombre? ¿El hombre conforma a la naturaleza o la naturaleza modela al hombre? Formulado de otra manera: ¿Qué papel debe jugar el hombre frente a la naturaleza en aras de su propia preservación? ¿Transformarla? ¿Preservarla? ¿Cuál rol es más conveniente para la preservación de los equilibrios planetarios y la seguridad de todo el género humano? ¿El del hombre conforme con lo dado por la naturaleza a quien tributa dirigiendo su esfuerzo a respetar en la mayor medida posible el estado original de las cosas? ¿O el del inconforme cuyo tributo consiste en el esfuerzo de su acción transformadora? Y más allá de esto: ¿Es la naturaleza una entidad distinta de nosotros que reclama y merece respeto o es ella parte nuestra que tenemos derecho de transformar en cuanto a nuestro parecer convenga?

Ante estas milenarias disyuntivas la propuesta del Enrique Leff se pronuncia por un diálogo respetuoso que puede reconocer a cada quien su lugar y su dignidad, su derecho a actuar y colocarse en cualquier lugar en este espectro de dualidades entre la certeza de la sabiduría tradicional y lo práctico del conocimiento mecanicista, que respeta el derecho a concebir una naturaleza generosa o una humanidad suprarracional, con un inquebrantable respeto por la visión y acción del otro, cultivando siempre un paciente anhelo por aprender y comprender más sobre “los diferentes” en lugar de sostener una actitud evangelizadora y redentora del “otro”.

Lamentablemente esta crisis cultural demanda con urgencia no sólo un cambio “cosmético” superficial en los estilos de vida predominantes de la cultura occidental que se pretende llevar a cabo a través de las propuestas de solución de corto alcance que representan los planteamientos del llamado “desarrollo sustentable” de acuerdo a la visión desarrollista que aún prevalece en organismos como el BM, el BID o la CEPAL, que vista desde los planteamientos de Leff resulta insuficiente a todas luces, sino que se requiere una transformación profunda en las formas de producción y consumo de estas sociedades desarrollistas, compuesta necesariamente de un importante ejercicio de autocontención y renuncia al confort y la facilidad que la explotación tan desmedida de los recursos de la humanidad toda, han provisto principalmente a los miembros de la civilización llamada “moderna”.

Ante estas reflexiones, parece que la crisis ambiental y civilizatoria de nuestros días requiere hacerse más evidente ante la conciencia obnubilada del hombre moderno que ha olvidado su legado de saberes milenarios ante su fascinación por el descubrimiento de algunas leyes de la naturaleza tangible, su negación dogmática del otro polo del espectro del entendimiento humano sobre el significado de la existencia y ante la afirmación ególatra de su derecho de apropiación del mundo.

Sólo cabe pensar que la gravedad de este problema y las medidas tendientes a su corrección surjan por dos motivos: la emergencia de signos y catástrofes planetarias irrefutables o el esclarecimiento de la conciencia de la sociedad moderna y la transformación de sus estilos de vida, producción y consumo, estimulados tal vez por la difusión de las ciencias, las artes y la tradición.

 

IMG_1617A nuestro parecer, la perspectiva del ambientalismo de Enrique Leff, incorporado a las formas democráticas existentes y a las apreciaciones de las naciones desarrolladas (también representadas en diagnósticos y prescripciones de los organismos financieros multilaterales), como un diálogo de saberes, cuando menos respetuoso e incompulsivo sería una aportación muy valiosa para resolver esta grave problemática de nuestro tiempo.

César García Razo.

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