El 11-S, la construcción mediática del neo-holocausto

Reyna Carretero Rangel

En la rememoración de los atentados del 11 de septiembre del 2001, asistimos a una situación paradójica: por una parte, con-sentir en el drama y daño profundo causado, y sin embargo, di-sentir en las formas mediáticas de exaltación del temor generalizado por ese fantasma emergente denominado “terrorismo islámico” ―aparentemente minado con el asesinato de su supuesto líder intelectual Osama bin Laden―, y por otra parte: sentir que estamos ante una puesta en escena mediática, donde los verdaderos rostros de los actores se esconden tras una máscara perfectamente diseñada y planificada por esos mismos medios y gobiernos: la del Islam.

Despojándome de toda idea de incorrección política y apelando a la elevación de nuestra reflexividad con el fin de diversificar el conocimiento y el espíritu crítico, considero que la comparación válida de esta obra del terror con el holocausto judío salta a la vista a partir de la narrativa seleccionada para rememorar y repetir incesantemente aún en los más pequeños detalles la experiencia de las víctimas a través de documentales, películas, entrevistas, obras de teatro, etc., lo cual en sí mismo no podemos calificar de negativo, salvo por una gran laguna en el relato: se olvida contar lo que pasó después y sigue pasando; en el caso de Israel, el cruel y permanente intento de exterminio del pueblo palestino, y en el de Estados Unidos, recordar el 07 de octubre de 2001 como día de la invasión y ocupación de Afganistán con la operación “libertad duradera” en alianza con Reino Unido con su operación “Herrik”.

En este sentido, no podemos olvidar la fecha trágica y dolorosa de la invasión de Irak: el 20 de marzo de 2003, que ha causado cientos de miles de personas asesinadas y donde millones han sido desplazadas. Un informe de Greenpeace señalaba ya en 2008, que “La situación humanitaria es dramática. Dos de cada tres iraquíes no tienen acceso a agua potable y un tercio de la población (ocho millones de personas) necesitan ayuda de emergencia para sobrevivir. La mitad de la población activa está desempleada y más del 40% vive con menos de un dólar al día, es decir, en el umbral de la extrema pobreza. Los sistemas de salud y educación han colapsado. Pero quizá el dato más espectacular es el de la población que ha tenido que huir de su hogar: 2,2 millones de personas huyeron a países vecinos y se han convertido en refugiados, y más de dos millones han sido desplazados dentro del país. Todos ellos viven en condiciones penosas”.[1]

La pasmosa semi-retirada del ejército estadounidense no ha respondido a un acto de voluntad, como bien se sabe,  sino a la imposibilidad financiera de seguir  manteniendo una guerra que se sabe perdida desde hace años, como revelaba ya este mismo informe: “Esta guerra ha tenido un altísimo coste económico. Según el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, una evaluación conservadora situaría esa cifra en torno a los 3 billones de dólares, cantidad muy superior a lo que se calculó inicialmente, y el precio real lo pagarán las generaciones futuras. Si el Gobierno de George W. Bush dijo que la guerra iba a costar 50.000 millones de dólares, la realidad es que cuesta esa cifra cada 3 meses. Hasta el momento, casi 4.000 soldados estadounidenses han muerto en Irak, la mayoría en combate. Pero el número de heridos multiplica por 15 al de fallecidos. Hay 52.000 veteranos diagnosticados con síndrome de estrés postraumático y se calcula que habrá que pagar pensión por discapacidad al 40% de los 160.000 soldados desplegados”.[2]

Este es el tipo de informes y experiencia de las víctimas que no han aparecido en esta conmemoración y que en plena justicia deberían de relatarse en aras de alcanzar una perspectiva integral. Aún más, derivado de esto, debemos seguir insistiendo de que no estamos ante ningún “choque de civilizaciones” entre Occidente y el mundo islámico o ante dos bandos con ideologías incompatibles, sino ante intereses muy concretos y anteriores a esta tesis de Samuel Huntington, como lo refiere Antoni Segura en su libro Más allá del Islam publicado antes del 11-S, donde nos informa sobre la relación entre los gobiernos de Pakistán, Estados Unidos y Arabia Saudita, quienes “fomentaron y apoyaron, en su momento y de acuerdo a sus intereses, tanto a Irán, Irak y a los talibanes,  porque la expansión del islamismo militante, abría una nueva ruta para los hidrocarburos del Asia Central y facilitaba a la compañía estadounidense Unocal, la construcción de un oleoducto a través de Afganistán y Pakistán, en detrimento, por lo tanto de Irán y Rusia”.[3]

De igual manera, los valores ideológicos o religiosos utilizados como bandera de discurso político son una pantalla que cubre los intereses perseguidos. Frases como “justicia infinita” que más tarde cambió a “libertad duradera” utilizadas por George Bush o  la “yihad” (guerra santa) de los talibanes o Al-Qaeda, se convierten así en excusas que pretenden justificar sus acciones en el conflicto armado así como los abusos y daños ocasionados a las poblaciones involucradas.

La representación continua de esta obra de teatro donde el “bueno” es Occidente y los malos “los terroristas musulmanes” ha tenido consecuencias también paradójicas: por un lado, ha crecido de manera sorprendente el número de conversos al Islam en Europa, Estados Unidos y América Latina a partir de su interés inicial en conocerlo, y por otro, la exclusión y aún la persecución hacia los musulmanes en los países donde son minoría es constante. Los medios de comunicación en Occidente hacen todo lo posible por seguirlos presentando como personas que viven en un mundo aparte y extraño, cuando la existencia de más de 1,500 millones que viven en todo el mundo nos demuestra lo contrario. Es por ello que  a nosotros nos toca desenmascarar a partir de la observación crítica y consistente a los actores escondidos detrás de la máscara del Islam y la narrativa del neo-holocausto.


[2] Ibidem.

[3] Antoni Segura, Más allá del Islam. Política y conflictos actuales en el mundo musulmán, Madrid,Alianza, Febrero 2001,  pp. 187-203.

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