La construcción semántica de la homogeneización “Occidente/Mundo islámico”

En este noveno aniversario luctuoso de las víctimas de la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York, el 11 de septiembre del 2001,  se ha puesto nuevamente de manifiesto ―a propósito del proyecto de la construcción de una mezquita muy cercana a la “zona cero” en Nueva York―, la noción de  “choque de civilizaciones”[1], creada por el politólogo Samuel H. Huntington (recientemente fallecido), formulada en la dicotomía Occidente/Mundo islámico, la cual ha cobrado mayor relevancia en la opinión pública, tanto para apoyarla como para refutarla.

Aquí, más que hacer una crítica detallada de la posición de Huntington, me interesa develar los usos semánticos, esto es, el sentido y significados recursivos que subyacen y prevalecen en el intento de construir y describir civilizaciones y sus identidades constitutivas.

Es indispensable evidenciar la construcción semántica utilizada en las homogeneizaciones “Occidente” y “Mundo islámico” o “Mundo árabe”, como se les generaliza indistinta y erróneamente a los países con poblaciones asumidas, en su mayoría, como musulmanas; ya que no todos son árabes, y el Islam no se puede percibir como un mundo localizable entre otros mundos, como un mundo aparte y ajeno al mundo “occidental”.

Esta dicotomía se utiliza tanto en los ámbitos académicos como en los medios de comunicación de los países occidentales de forma automática. Aparentemente, su uso intenta ahorrar palabras y especificaciones, generalizando las características civilizatorias. Este nivel de irreflexividad se ha normalizado y aparece como una “abstracción” altamente funcional. Sin embargo, y es lo que intento mostrar, uno de los sentidos subyacentes del uso de esta homogeneización es la idea de diferencia e implícitamente la  superioridad de uno de los opuestos, dependiendo de lado que nos coloquemos, ya que no hay que dejar de lado que subyace este mismo sentido en la propensión actual de asumirse como contrario a ese “algo” occidental, como intento de diferenciación y al mismo tiempo de exaltación artificial de lo asumido como opuesto, en este caso el Islam.

Para adentrarnos en el tema, iniciaré con una mirada muy general al planteamiento de “choque de civilizaciones” de Huntington,  donde se  afirma que las luchas geoculturales serán el origen de los conflictos internacionales en el futuro y que los principales oponentes serán “la civilización islámica” contra la “civilización de Occidente” a la que también denomina “cristiana o “judeo-cristiana”. También nos dice que lo que hace occidental al Occidente son sus instituciones, prácticas y creencias que conforman el corazón de la civilización occidental, entre ellas: la herencia clásica griega y romana, el cristianismo, las lenguas europeas, el secularismo, el Estado de derecho y la democracia.

Huntington aclara que, individualmente, casi ninguno de estos factores ha sido único en Occidente, pero la combinación de ellos ha dado a Occidente su cualidad distintiva: “Estos conceptos y características son también, en buena medida, los factores que permitieron que el Occidente tomara la dirección de su modernización y la del mundo. Hacen única a la civilización occidental, la cual es preciosa no porque es universal sino porque es única”.[2]

La fragilidad de estos presupuestos es muy obvia y pueden ser fácilmente desmontados si se entra al juego de considerar al Islam sólo como civilización, pero lo que pretendo aquí es lo contrario: mirar al Islam de manera distinta, no como religión institucionalizada, sino, basándonos en su fuente viva, El Corán, observarla como sumisión, como condición trascendental de la humanidad, como atestiguamiento de que no existe nada aparte de la Unidad divina, y buscar esta misma sintonía en la sociedad.

Esta visión de la unidad trascendente se reproduce de manera fehaciente en la unidad social, en la percepción de la sociedad como unidad. Ya que si bien es cierto que las características arriba mencionadas forman parte de la memoria cultural de la región occidental del mundo, no son exclusivas ni “únicas”, como se puede demostrar con algunos ejemplos, a saber: el Islam no sólo es heredero de la herencia clásica sino que en su seno los textos griegos fueron traducidos y puestos al servicio del Renacimiento.

Es claro que por parte de los musulmanes no existe oposición al cristianismo, ya que ellos se asumen, siguiendo a la fuente viva del Corán,  como herederos del legado judeo-cristiano; de igual manera, las lenguas europeas han sido diseminadas e impuestas en todo el mundo por los colonizadores y el  secularismo se observa en los gobiernos de países considerados no occidentales como China y Turquía.

Para disolver las simplificaciones “Occidente”, “Mundo islámico” o “Mundo árabe”, es necesario tener en cuenta como nos dice el historiador Jean Meyer que: “La observación y descripción de los conflictos actuales parte de la aceptación de que la realidad es más compleja que todo lo que podemos imaginar. Los Estados no son islas y las fronteras no impiden el intercambio sea por comercio, por guerra o por negociación. Por lo que el concepto de “identidad” cultural (o de civilización) es claramente falso. Y eso pasa cuando uno le pone un nombre a una realidad compleja y poco estudiada.[3]

Abundando, podemos mencionar a Norbert Elias, quien nos aclara que el concepto de civilización, creado en Occidente, expresa la autoconciencia de Occidente, (una observación de segundo orden) y en él se resume lo que la sociedad occidental considera lleva de ventaja a las sociedades “primitivas” y de lo que está orgullosa. Sin embargo, la concepción no es homogénea, el mismo Elias nos advierte de los distintos usos y significados que toma en distintos países de Occidente.[4]

Por lo tanto, la pretensión de construir con el lenguaje identidades culturales o de civilización, o identidades generalizadas, intenta realizar lo imposible: la descripción de la unidad, del todo, del absoluto, con la vana intención de determinarlo e intentar controlarlo.

De ahí, que el nuevo milenio y el atentado a las torres gemelas de Nueva York hayan hecho emerger la paradoja de que pocas cosas son tan desconocidas para el hombre occidental como la “cultura occidental”. Occidente es así, una categoría construida mediante una oposición vacua. Si Occidente es nada identificable, determinable y siempre contrapuesto al otro, si anula al otro en el momento mismo en que se otorga alguna identidad, se explica entonces el cúmulo de figuras retóricas con las cuales ha sido nombrado: Bien, Mal, Libertad, Dominio, Técnica, Democracia. Occidente es sólo una construcción gramatical, producida por el propio sistema de la sociedad mundial para hacer operativa y funcional la inclusión y exclusión, la hostilidad y la hospitalidad.

Por otra parte, si nos referimos al así denominado “Mundo islámico” o “Mundo árabe”, términos usados sólo en la región occidental. Aparentemente, su identidad es mucho más clara y manifiesta, ya que está basada en la palabra, en el logos vertido en El Corán; un libro considerado por los musulmanes como una revelación divina, en el cual se dictaminan todos los actos humanos, desde los más cotidianos y relativos, hasta los considerados como transcendentales.

Sin embargo, el mosaico social musulmán no permite ninguna homogeneización ya que como nos explica el escritor Juan Goytisolo, la sociedad islámica, como todas, es múltiple, abigarrada y contradictoria.[5] Como ejemplos de esta multiplicidad, encontramos que el Islam surgió en el  seno del pueblo árabe, cuya lengua fue el vehículo de la revelación del texto sagrado,  por lo que el árabe y el Islam se consideran inseparables pero no sinónimos. Así también, desde sus inicios tuvo un gran acercamiento con la cultura persa, sobre todo, con su tradición imperial. Esta influencia fue determinante ya que se convirtió en el modelo tanto de la sociedad como del gobierno ideal: una especie de poder absoluto equilibrado por la religión y la justicia. También sobresale la influencia cultural turca, tanto de los turcos selyuquíes como los turcos otomanos.

En este sentido, llama la atención el caso específico del historiador Bernard Lewis, compañero de Huntington en la universidad de Princeton, exitoso especialista en la historia del Medio Oriente y autor de más de diez libros sobre el tema, siendo el más reciente: Las identidades múltiples de Oriente Medio. Este autor realiza una interpretación incongruente con su propia observación de la población musulmana: por una parte reconoce que existen identidades múltiples en la región de Medio Oriente, pero por otra parte, determina, unifica y hasta predice las características anímicas y reacciones emotivas de los musulmanes, cuando afirma que “en épocas de desorden toda la cortesía y dignidad musulmanas se transforman en una mezcla explosiva de ira y odio que adopta los métodos del secuestro y la matanza”.

Lewis, en sintonía con Huntington, nos dice que hoy en día estamos frente a un movimiento que trasciende con mucho el simple nivel de los intereses, las políticas y los gobiernos que los ejecutan y que se trata, ni más ni menos, de “un choque de civilizaciones: de la reacción quizá irracional, pero sin duda histórica, de un rival antiguo contra nuestra herencia judeocristiana, nuestro presente secular y la expansión mundial de ambos y nos invita a no dejarnos arrastrar hacia una reacción igualmente histórica, pero también igualmente irracional, contra ese rival”.[6]

Recupero la interpretación de Lewis sobre el Islam, porque junto con la tesis de Huntington, es la versión del Islam que ha sido retomada por la mayoría de los medios de comunicación, tanto impresos como electrónicos, en los países del hemisferio occidental, los cuales, seleccionan su información tomando como guía la sorpresa, el escándalo, lo anormal y han logrado tener una gran influencia en la opinión pública mundial, relacionando directamente al Islam con el “terrorismo” y el “fundamentalismo”.

Es indispensable desechar las simplificaciones que, en el caso específico de la guerra de Estados Unidos e Inglaterra, en contra de Irak y Al-Qaeda, no puede limitarse a la explicación de que Estados Unidos y sus aliados son  representantes de Occidente y Al-Qaeda representante del Islam.

Por lo que es muy claro que estamos frente a una treta semántica, reproducida por autores tan afamados como Huntington y Lewis, que intenta tender una “cortina de humo” sobre la información concreta que sí tiene identificación: nombres, fechas y firmas sobre la relación entre los gobiernos de Pakistán, Estados Unidos y Arabia Saudita, quienes “fomentaron y apoyaron, en su momento y de acuerdo a sus intereses, tanto a Irán, Irak y a los talibanes,  porque la expansión del islamismo militante, radicalmente conservador, pero no revolucionario, el establecimiento de la República Islámica de Irán, significó la continua hostilidad de las potencias, abría una nueva ruta para los hidrocarburos del Asia Central y facilitaba a la compañía estadounidense Unocal, la construcción de un oleoducto a través de Afganistán y Pakistán, en detrimento, por lo tanto de Irán y Rusia”.[7] Estos datos forman  parte de una exhaustiva investigación realizada por el  investigador Antoni  Segura en su libro Más allá del islam, publicado meses antes del 11 de septiembre del 2001.

Lo anterior deja en claro que los conflictos que han surgido se deben a múltiples factores; pero lo que es más relevante para nuestro análisis: también revela que no estamos frente a ningún “choque de civilizaciones”, sino frente a conflictos de intereses económicos, políticos y territoriales por parte de grupos y regímenes potencialmente identificables: llámense Estados Unidos, Arabia Saudita, Irán, Afganistán, o de otra nacionalidad. Todos ellos no representan a la mayoría de la población que gobiernan o someten.

De igual manera, los valores ideológicos o religiosos que utilizan como bandera de discurso político son una pantalla que cubre los intereses perseguidos. Frases como “justicia infinita”, utilizada por George Bush o  la “yihad” (guerra santa) de los talibanes o Al-Qaeda, se convierten así en excusas que pretenden justificar sus acciones en el conflicto armado así como los abusos y daños ocasionados a las poblaciones involucradas.

De lo anterior, podemos concluir que  la construcción de las identidades “Occidente” y “Mundo islámico” o “Mundo árabe”, determina y solidifica formas e imágenes sociales estancadas utilizadas en el lenguaje generalizado. Estas formas lingüísticas anquilosadas obstaculizan el conocimiento de los procesos sociales en constante cambio de la sociedad mundial actual.

Entre las consecuencias prácticas de la utilización de la construcción semántica  “Islam vs. Occidente”, están  la exclusión, la persecución y el rechazo hacia los musulmanes en los países donde son minoría y la percepción de que los musulmanes son personas que viven en un mundo aparte y extraño al nuestro; cuando la existencia de más de 1,200 millones que viven en todo el mundo, nos demuestra lo contrario. Por lo que es evidente la necesidad de que en el ámbito académico y público, se eleve la reflexividad con el fin de diversificar el conocimiento y el espíritu crítico, herencia de la mezcla y confluencia de todas las culturas compartidas por los habitantes de todo el mundo, participantes de la sociedad mundial contemporánea, cuya característica primordial de globalidad, refleja el rostro de la unidad.


[1] Samuel Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, New York, Touchstone, 1997. Versión en Español, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del Orden Mundial, México, Paidós, 1998.

[2] Ibid., p. 75.

[3] Jean Meyer, “Europa Central: ¿Conflicto de Religiones?”, Ponencia en el Coloquio Pensar el siglo XX: de Sarajevo a Sarajevo (1917-1997).  División de Estudios de Posgrado, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, abril de 1997.

[4] Norbert Elias, El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, México, Fondo de Cultura Económica, 1994.

[5] Juan Goytisolo, “Las mil y una caras del Islam”, en Letras libres, México, Número 35, año III, Noviembre 2001,  pp. 48-55.

[6] Bernard Lewis, “Las raíces de la ira musulmana”, en Letras Libres, México, Noviembre 2001, Año III, No. 35, p.16.

[7] Antoni Segura, Más allá del Islam. Política y conflictos actuales en el mundo musulmán, Madrid,Alianza, Febrero 2001,  pp. 187-203.

Reyna Carretero

21 de septiembre 2010.

La construcción semántica de la homogeneización PDF

 

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