Indigencia Trashumante

En cuanto llegue, te envío mi nueva dirección.

Ahora vivo en mis zapatos… es una vivienda

segura y maravillosa.

 

Rachid Nini, Diario de un ilegal

El plano interno de la ciudad se dibujaba solo. Las imágenes pasaban, se iban, se instalaban en mí o se desparramaban como arena, y todo se parecía a un paseo en la niebla o en los sueños (…) En mi mapa no había nada, absolutamente nada (…) Una ciudad que se parecía a un caracol, a una concha, una telaraña, a un laberinto, un encaje, a una novela repleta de ramales secretos, en mi plano interior se convertía en un espacio en blanco, un vacío, una omisión, un callejón sin salida. Mi plano interno era el resultado del esfuerzo de un amnésico por trazar sus coordenadas, el esfuerzo de un paseante por dejar su rastro en una plaza de arena. Mi plano era la guía de un soñador. Era poco lo que en él coincidía con la realidad.

Dubravka UgresicEl ministerio del dolor

Prólogo

El milenio amanece y con él, la tragedia que representa para todos, la experiencia de vida de millones de personas que transcurre entre la pobreza material y los desplazamientos forzosos[1], como consecuencia de los modelos económicos excluyentes, de las hambrunas, de las guerras por conflictos políticos, religiosos y raciales, así como de las persecuciones, invasiones y despojos territoriales por ambiciones públicas o privadas[2].

En el presente escrito, ambas autoras, nos avocamos a hablar sobre las personas condenadas a esa situación de miseria; viviendo en este «cuarto mundo» que se manifiesta en “… ese niño que ves cada mañana, cuando vas al trabajo, tocando el acordeón en el metro (…) aquella mujer gitana, envuelta en pañuelos de necesidad, que recorre las calles vendiendo mecheros y periódicos para alimentar a sus cuatro hijos (…) aquel hombre que vive a la intemperie, con tres perros, en una esquina del centro y, por la noche, duerme en el cajero cercano a tu casa. Es el niño inmigrante, expulsado de la tierra pobre, que ante la falta de futuro se ha convertido en atracador urbano (…) Ellos integran el Cuarto Mundo y están a tu lado”  (Busaniche; 2002, 21).

Tales presencias rodearon siempre este trabajo para atizarnos con las voces ahogadas por la pobreza extrema y la migración  forzada que siguen cobrando víctimas y engrosando con este «cuarto mundo» las calles, las fronteras nacionales e internacionales, las grandes y pequeñas ciudades y aldeas en, por ejemplo, Chiapas, Darfur, Irak, Líbano, Afganistán, Ruanda; sin olvidar los registros negros que han enlutado la historia contemporánea en los Balcanes, Centroamérica y naciones asiáticas, para mencionar algunos. Estos y muchos otros casos con sus miles y millones de refugiados siguen poblando de muertos y exiliados enfermos los caminos de un éxodo infernal que parece no terminar nunca[3]. Aunado, a que  tales atrocidades han hecho más problemático el vivir juntos con personas que en condiciones igualmente miserables pertenecen a matrices étnicas y culturales no sólo diferentes sino en muchos casos contradictorias,  pero con la misma necesidad de buscar trabajo “… un nuevo hogar o simplemente un lugar seguro donde vivir fuera de sus países de nacimiento” (Castles y Miller; 2004, 14)[4].

Como dijimos antes, los datos son interminables además de que nunca fue nuestro propósito enfocarnos en el registro numérico de estas tragedias que aparecen cada vez más con su función de sensibilización en documentales y películas[5]. Tampoco quisimos enmarcarnos en los estudios  sociológicos y demográficos de la migración para los cuales ya hay un amplio campo de especialistas. Nuestro reto consistió en tratar de acercarnos a la experiencia de esas personas representadas estadísticamente: recuperarlas como el continente soterrado y hacerlas emerger de la Atlántida donde han estado olvidadas, a excepción de su evocación en términos de un falso escándalo apagado rápidamente para pasar a otra cosa.

Este propósito nos colocó ante una situación problemática con respecto de los propios instrumentos en que nos hemos formado porque, como señala Roberta de Monticelli, el pensamiento del siglo veinte y del que estamos viviendo tiene que ajustar las cuentas con la insatisfacción nacida de teorías que, se supone, nos explican a nosotros mismos al costo de “eliminar nuestro ser por medio de otro tipo de ser” (2002, 111). De modo tal, que en la búsqueda de coherencias conceptuales, las ciencias sociales han privilegiado lentes diseñados por lineamientos y construcciones semánticas convertidas en verdades generalizables, dejando como elementos contingentes e inconvenientes las vivencias y problemas que tienen las personas cuando entran en contacto con realidades que las laceran profundamente. Con ello, se deja en paréntesis la ética de responsabilidad que tenemos con nuestro propio quehacer y con nuestros prójimos, intentando vacunarnos contra “….la historia de sufrimientos que somos capaces de infligirnos a nosotros mismos y a otros, en aras de descubrir y conocer lo que está inédito en nuestras vidas o de un incierto bienestar definido unilateralmente, desde una lógica de encierro y ansiedad” (León: 2005, 68).

Por lo que decidimos salir de la lógica discursiva formalizada para ampliar nuestro horizonte de observación y mirar lo oculto entre lo que se muestra. Esto implicó, entre otras cosas, intentar un ejercicio conceptual y de escritura que no escapara al cuestionamiento ético sobre nuestra capacidad para semantizar el mundo, es decir, para otorgarle sentidos y significados a las tragedias contemporáneas que son objeto de  nuestros estudios y análisis.

Así, por ejemplo, nos fue fundamental salirle al frente a esa suerte de versión épica con que se justifican los nuevos modos de vivir y ganarse la vida, de tal manera que el panorama contemporáneo sigue viéndose (aunque acotado con críticas en aumento) bajo la euforia de la “flexibilidad”, “movilidad” y “fluidez” (Augé, Maffesoli), como si fuera el depositario de ese espíritu vigoroso que tuvieron las representaciones sobre la modernidad, con sus utopías de desarrollo y cambio ascendente; que disuelven en el aire toda realidad solidificada condenada a desaparecer, para retomar la metáfora de Marx, utilizada por Marshall Berman en su libro ampliamente citado (Berman, 2001).

Por el contrario, estamos convencidas de la necesidad de cuestionar la relación entre este tipo de visiones y las realidades heterogéneas que pueblan el planeta; de dejar el orgullo con el que se sigue pensando a las Ciencias Sociales como  “formas de autoconciencia científica de la realidad social” no contaminadas por políticas de representación que sólo tienden a mostrar una cara de las cosas. En tales términos, este libro es un intento por darle voz a cierto  lado “oscuro” de nuestro mundo  y para clamar por una visión más amplia sobre las contradicciones y paradojas que contiene toda observación de la realidad humana y social, sea esta pretérita o presente. Aunque ya muchos lo señalan, no es lo mismo pensar que asumir el hecho de “… una realidad social múltiple, desigual y contradictoria, o articulada y fragmentaria. (…) Hay una verdadera biblioteca de Babel (…) una visión múltiple, polifónica, babélica o fantástica de las más variadas formas de autoconciencia, comprensión, explicación, imaginación y fabulación, que intentan entender el presente, repensar el pasado e imaginar el futuro” (Octavio Ianni, 2003). Así, darle entrada a esas realidades soterradas por las visiones unilaterales puede tener la función de abrir y enriquecer  los mismos instrumentos con que enfrentamos las formas de apropiación y vivencia del mundo de personas concretas en situaciones concretas.

De modo que estamos concientes del semillero de disputas que merecen las sociedades contemporáneas[6], pero insistimos en  hacer un  ejercicio ubicado sobre las experiencias sociales, tal y como son vividas por las personas y grupos en la gestión de su vida cotidiana, independientemente que sean incluidas dentro de  marcos explicativos generales. Ya hemos dicho que el contexto específico donde se coloca dicha experiencia es el de las movilizaciones y tránsitos migratorios debidos a  desplazamientos por guerras y otras catástrofes, como el empobrecimiento masivo, entre otros. Nuestro interés, trabajo y sensibilidad se pusieron, repetimos, al servicio de un cuestionamiento ético sobre los despojos que tales eventos producen en los órdenes más básicos; es decir, de no olvidar nunca las dificultades y sufrimientos, el rompimiento de las identidades colectivas, de la fragmentación de los lazos sociales y otros aspectos que conforman una nueva experiencia de apropiación del mundo, para todos aquellos que los padecen.

Coincidimos las dos autoras en que la inclusión de la persona en nuestros esfuerzos de reflexión era fundamental para hacernos cargo del “drama, la responsabilidad y la posibilidad de reorientar el itinerario”, porque es evidente que no se trata sólo de movimientos de capitales, bienes y mensajes sino sobre todo del “desarraigo de los migrantes, el dolor de los exiliados, la tensión entre los bienes que se tienen y lo que prometen los mensajes que los publicitan; en suma, las escisiones dramáticas de la gente que no vive donde nació” (García Canclini; 1999, 63-64).

Aunque se trata de un lado oscuro y terrible nos avocamos a evitar el riesgo de un trabajo lacrimógeno que privilegiara esa posición del dolor surgida, como critica Maffesoli, de una “gesticulación humanitaria” que  presenta lo miserable del mundo como proyección de la propia miseria o como “moralina”[7]. Pero también es cierto que las visiones gozosas y lúdicas   –o sospechosamente neutras–, lo único que ofrecen es una salida escapista que sólo beneficia a los que tienen posibilidades de practicarla. De ahí que decidimos no acentuar el concepto de «nómada»  que, con vocación lúdica y hasta erótica, se piensa como un sujeto que inyecta vitalidad a los lugares que llega porque al “cruzar las fronteras, transgredir la moral establecida…”, recorre el ancho mundo con el sólo fin expreso de “experimentar su múltiple potencialidad” (Maffesoli; 2004, 29).

Seguro que tales modos de desplazamiento existen y que seres errantes como los trabajadores migrantes suministran su sudor para el beneficio de las sociedades donde logran detenerse un poco[8]. Pero desgraciadamente, las condiciones reales de la gente que engrosa  la movilidad masiva no son las de la rebeldía ni obedecen a las “jugarretas de lo imaginario”, que utiliza los mismos desarrollos tecnológicos, para burlar los muros del sistema.  Su motor es la necesidad urgente (por extrema pobreza o violencia física)  de abandonar el lugar de origen para aumentar, a su llegada, la inmensa población urbana en condiciones igualmente miserables. Irónicamente, la “múltiple potencialidad” que experimentan es la del constante temor a la persecución y abuso, la pérdida de referentes espaciales y temporales cuando no la vida[9]:

Es multitudinaria la invasión de los brazos provenientes de las zonas más pobres de cada país; las ciudades excitan y defraudan las expectativas de trabajo de familias enteras atraídas por la esperanza de elevar su nivel de vida y conseguirse un sitio en el gran circo mágico de la civilización urbana. Una escalera mecánica es la revelación del Paraíso, pero el deslumbramiento no se come: la ciudad hace aún más pobres a los pobres, porque cruelmente les exhibe espejismos de riquezas a las que nunca tendrán acceso, automóviles, mansiones, máquinas poderosas como Dios y como el diablo, y en cambio les niega una ocupación segura y un techo decente bajo el cual cobijarse, platos llenos en la mesa para cada mediodía (Galeano; 2003, 414).

Con estas advertencias de entrada, reconocemos que la vida errante y el nomadismo son formas de vivir cada vez más evidentes y predominantes, pero las colocamos en el marco inapelable de ciertas condiciones de despojo que acompañan y permiten la emergencia de un tipo de experiencia humana y social: un  tipo de experiencia que Reyna Carretero acuñó desde el inicio con el nombre de indigencia trashumante.

Reyna Carretero.

Julio de 2010.


[1] Roberto Bergalli advierte sobre el “tratamiento prioritariamente criminalizador que le otorgan las mal llamadas ‘Leyes de extranjería’ a la inmigración no europea en España, por lo que es imprescindible asumir los denominados flujos migratorios como manifestaciones propias al sistema económico globalizado, tan pernicioso, dice él, para la natural y positiva tendencia de los seres humanos a las migraciones de siglos precedentes, removiendo cualquier consideración de control punitivo sobre ellos. La necesaria tarea debe comenzar por purificar y homogeneizar el lenguaje con que se discute sobre los flujos migratorios, sobre bases no criminalizantes”.  Cfr. Roberto Bergalli (2006), Flujos migratorios y su (des) control. Puntos de vista pluridisciplinarios, Barcelona, Anthropos.

[2] La actualización de los datos que apoyan tales aseveraciones resulta interminable. Pero por ejemplo, ya en algunas estadísticas de 2005 y 20006 se mostraba que en América Latina la pobreza abarcaba a más de 300 millones de personas, de las cuales 96 millones padecían la miseria extrema, sin casa y con una alta desnutrición. En Estados Unidos se hablaba de 36.5 millones de habitantes en pobreza extrema y en La Unión Europea de 57 millones. (Reportes OCDE, FAO; 2005, 2006).  La Red internacional de organizaciones ciudadanas contra la pobreza (Social Watch) en su informe del 2006 declaró que tales situaciones se agudizan con los desastres naturales, crisis económicas, desplazamientos forzosos y las guerras.

[3] Una muestra extrema de esta situación infernal acontece en África, en Sierra Leona, por el control de las minas de diamantes. La historia de los enfrentamientos han causado la masacre y mutilación de millares de personas, así como los desplazamientos forzados de aldeas enteras. En la región colindante con Nueva Guinea, por ejemplo, se encuentra asentado uno de los mayores campamentos de refugiados de África, con alrededor de un millón de personas que subsisten apenas con lo mínimo, a través de la  “ayuda humanitaria” proporcionada por el World Food Program (WFP), así como de otras organizaciones de asistencia internacional como la de Médicos sin fronteras. Ver www.Médicos sin fronteras.com

[4] En México, tan sólo entre el 2000 y el 2005 se perdieron en el campo 900 mil empleos, y en la industria 700 mil. “Esto ha propiciado un crecimiento de la economía informal, que ahora representa entre 40 y 60 por ciento de la población económicamente activa”. Al mismo tiempo, “México se ha convertido en el ‘campeón de la migración mundial’, de acuerdo a la Red Internacional de Migración y Desarrollo, superando a países como India, Filipinas, Marruecos y Turquía, con 11 millones de connacionales en Estados Unidos, y 28 millones de personas residentes de origen mexicano”, en Raúl Delgado, Conferencia internacional “Migración y desarrollo: una perspectiva integral desde el sur”, 14 febrero 2007. Asimismo, el Banco Mundial en su informe del 15 de abril de 2007, presentó a México como el “mayor expulsor de migrantes del planeta” al emigrar entre 2000 y 2005, 2 millones de personas para buscar trabajo en Estados Unidos. Ver http://www.bancomundial.org/datos

[5] Como no recordar Babel; la no tan  futurista Los Niños del hombre, y Diamantes de sangre. O bien, el documental La pesadilla de Darwin.

[6] Por ejemplo las extensísimas sobre globalización, las de Hipermodernidad (Lipovetsky), Sobremodernidad (Balandier, Augé), Posmodernidad o posindustrialización (Lyotard), Modernidad Tardía (Giddens), Modernidad Segunda (Beck), Alta modernidad (Luhmann), o la tan actual Modernidad Líquida de Bauman.

[7] Maffesoli, de forma poco sensible, en nuestra opinión, señala que “el teatro del mundo, simultáneamente a los juegos circenses y otras diversiones de la misma índole, presenta poco a poco, día a día, las diversas crueldades, epidemias, catástrofes y otras tragedias que sufre la naturaleza humana. En suma, cuando no es el hambre, es el aburrimiento o la desesperanza lo que nos mata. Es frecuente lamentarse ante tal situación. El coro de las plañideras no cesa, por cierto, de crecer. Independientemente de todas las tendencias, el moralismo se ostenta sin ambages. Y puede suponerse que eso que Nietzche llamaba la `moralina’, vivirá todavía muchos años felices”, en Maffesoli; 2004, 19.

[8] Al respecto, coincidimos con Bauman sobre la aplicación indiscriminada del término de moda “nómada”, ya que su uso no toma en cuenta las diferentes modalidades del ser errante, como la del turista que es profundamente distinta a la del vagabundo, de ahí que no pueda pensarse ni de lejos en una similitud entre ambos (Bauman; 2001, 116).

[9] En el sur de México, por ejemplo, un promedio de 700 migrantes abordan cada tercer día el tren de carga de la línea Chiapas-Mayab. Sólo 10 por ciento llega a su destino, el resto es detenido, asaltado o resulta accidentado: “Viajar en tren es más peligroso, pero es gratis. Te pueden asaltar los maras, detener los polis o secuestrar las bandas (…) Algunos se quedan dormidos y caen del tren, pierden las piernas, los brazos, otros mueren”, dijo José Óscar Gómez, de Honduras. Los que tienen mayores recursos viajan en autos, autobús e inclusive en avión, “pero hay que esquivar retenes, pagar pasajes, el acompañamiento del coyote y lo que van pidiendo los policías”, en Ángeles Mariscal, “Redada contra indocumentados de CA en la frontera sur: 100 detenidos”, en La Jornada, Domingo 11 febrero 2007, p. 31.

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