Ecología trascendental. La democracia por venir

En los últimos decenios la noción de democracia ha llegado a popularizarse al grado de considerar que a partir de ella se solucionarán los problemas que aquejan a la mayoría de poblaciones en el mundo. De manera muy simple hay que decir que eso que llamamos democracia se ha limitado en la práctica a elegir entre partidos políticos casi iguales y la implementación de algunas políticas públicas con miras a conseguir la igualdad de género o la no discriminación racial o sexual, por ejemplo.

Sin embargo,  aún cuando valoremos estos alcances debemos volver la vista atrás y mirar que esa supuesta  “democracia moderna”, iniciada por los países europeos y Estados Unidos e impuesta militarmente al resto de los países, ha estado sostenida por la explotación y despojos que estos países han ejercido contra los pueblos más indefensos, en especial en África y América Latina.  En realidad, no se ha tratado hasta ahora de ninguna democracia, ni aún considerando la manifestación más básica de ella, como es la igualdad universal de acceso a los bienes y la participación activa en la toma de decisiones que impactan al colectivo, sino de un régimen al servicio del capitalismo más voraz maquillado de libre mercado y progreso, y que hoy se sigue ofertando con algunas pinceladas de bienestar social y que ha generado millones de desheredados.

La intención en este breve espacio es argumentar que las cualidades de una democracia aún no las hemos experimentado y gozado como humanidad, tampoco en Grecia existió ya que la arbitraria división entre ciudadanos y esclavos habla por sí misma en sentido opuesto. Es por ello que la manifestación de la democracia requiere de estímulos y condiciones que tienen todo que ver con lo que aquí llamaremos ecología trascendental. Una suerte de equilibrio entre nuestras potencialidades como seres humanos y el compromiso y responsabilidad para ejercerlas, y que en un principio se opone a la versión fantasiosa de la democracia como la igualdad de oportunidades abiertas para “todos” de trabajar en altos puestos ejecutivos que permitan la adquisición de un coche, casa y pareja “último modelo”, así como al gasto demente de energía que intenta generar la vida “virtual”, mientras asesina la vida real con la producción infinita de aparatos electrónicos de moda que acabarán irremediablemente en las toneladas de basura cibernética y plástica contaminante de los mantos acuíferos y de los océanos.

La ecología trascendental es una generadora de conciencia que nos permite reconocer en primer lugar que los recursos del mundo –que son de todos y no de unos cuantos, por más que hayan pretendido hacérnoslo creer- son limitados y que es indispensable utilizarlos para lo más urgente: la cobertura básica de alimentos, techo y salud para toda la humanidad (7,000 millones de personas), que aseguran la vida y que sin embargo es indispensable que vengan acompañados de lo que en la democracia por venir es un punto primordial: la hospitalidad, comprendida como la aceptación y acompañamiento incondicional con ese otro, que soy yo mismo, en tanto que compartimos el mismo mundo, agua y aire; lo que le pase a él me implica, me involucra.

Las relaciones de hospitalidad son el núcleo de la ecología trascendental, el equilibrio entre nuestros deseos y responsabilidades que comienzan con la manifestación de amor, cuidado y compañía hacia nuestros padres, hijos, hermanos, pareja, vecinos, compañeros, y de todo aquel que aún sin conocer, amamos en la distancia,  pasajeros todos en este tránsito que es el mundo.  Llevamos en nosotros mismos el carácter doble de la hospitalidad, el de ser anfitrión y huésped, puesto que en cada momento somos quien recibe y quien es recibido.  El reconocimiento de nuestra condición de seres trashumantes deviene en la conciencia de la hospitalidad como un otro modo de ser que despliega su potencia en este tiempo transcivilizatorio, en el que nuestra identidad y sentido de vida se ven fragmentados por la emergente necesidad de movilizarnos de un lugar a otro en busca de trabajo, estudio, familia. Millones somos así lanzados al desierto de la trashumancia cuyo único oasis posible es la hospitalidad como decreto tradicional y eterno.

Hablar de democracia en el siglo XXI, alude a la expansión de una ecología trascendental, de la religación con nuestro sentido de compromiso, responsabilidad y fraternidad, en suma, de hospitalidad.  De un amor que se hace cargo de sí mismo y de los que lo rodean hasta las últimas consecuencias, y que, sin duda, requiere mucho más esfuerzo que el que hasta ahora hemos invertido en nuestras relaciones amorosas. Este es el reto al que estamos enfrentadas las generaciones actuales: reinventar e intentar ir más allá de lo que fueron nuestros antepasados inmediatos quienes trabajaron mucho en construir un mundo con un sentido primordialmente físico y lo plagaron con grandes edificios y avenidas que en lugar de unirnos nos separan.

Nuestro trabajo ahora es expandir nuestra mente y espíritu que posibilite nuestra conexión con lo trascendente, con lo más elevado que permita la emergencia de nuestro carácter verdaderamente humano que se acerque a una nueva forma de religarse con los otros, una suerte de teología otra. Como afirma Juan José Tamayo “otra teología es posible”, aquella que conduce a la liberación; porque sí somos libres para amar, cuidar, curar, acompañar.

Por el contrario, somos esclavos cuando explotamos, despojamos y corrompemos. Ya hemos tenido muchos milenios de miedo, culpa, clases sociales, racismo, explotación, todas ellas formas de la hostilidad.  Ahora que hemos conquistado a través de la corrección política “democrática”, y por lo menos en el discurso, nuestro estatuto de “igualdad”, el turno es del amor, de la hospitalidad y del reconocimiento de cada uno de nosotros como seres más allá de lo físico, como manifestación teofánica. El anhelo principal de la ecología trascendental colectiva es estar acompañados y vivos, realmente vivos. Las formas aún están por ser creadas y ahí vale poner en juego toda nuestra imaginación creadora hospitalaria.

Reyna Carretero Rangel

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